Fecha: 2018-03-04 04:32:37


Metán

En Metán, ¿quién se acuerda de la cueva Lizondo del Juramento?


4 DE MARZO 2018 - 00:50 Hace 50 años, dos pescadores estuvieron casi dos días en una cueva, por una repentina crecida del río Juramento.

Años antes de que se construya la presa General Belgrano en Cabra Corral, los metanenses solían organizar sus pescas y levantar campamentos en la zona donde el río Juramento corre cerca del viejo camino (RP48) que aún une la RN34 con Coronel Moldes.

Así fue que dos empedernidos pescadores de Metán, Agustín Lizondo y Arnaldo Roldán, resolvieron en el verano de 1968 organizar una pesca. 

Temprano y bien aviados, el sábado 9 de marzo llegaron a la hostería del Juramento en el automóvil de un pariente. Allí hicieron un alto y luego tomaron el camino a Coronel Moldes, hoy ruta provincial 48. 

Repecharon por el viejo camino que en varios trechos corre casi pegado al río. El plan consistía en alcanzar el paraje que los pescadores conocían como Campamento Montoya, y allí levantar campamento. 

Antes de media mañana llegaron al lugar indicado, y allí montaron sus pertrechos. Concluido el campamento, se dedicaron a disfrutar de la placentera jornada de pesca que desde hacía mucho tiempo venían planeando.

Al mediodía no perdieron mucho tiempo en almorzar. Comieron rápido un poco de fiambre que habían llevado y asentaron con un modesto vaso de vino con soda. El habitual asado estaba programado para la tarde noche.

Y así, metidos en el río hasta más arriba de la rodilla transcurría la tarde de pesca, sacando una que otra pieza. Las horas fueron pasando tranquilas para Lizondo y Roldán. Ambos esperaban ansiosos de que la suerte del pique se intensificara al anochecer.

Pero a media tarde, una lluvia que llegó del oeste, del lado del Valle de Lerma, pareció que les iba a aguar los planes a los metanenses. Pero éstos no estaban dispuestos a dejarse llevar por una simple lluvia pasajera, de manera que resolvieron continuar pescando. 

Momentos después, como la lluvia seguía molestando, resolvieron cruzar a la otra banda del río con parte de sus atavíos más la “Petromax”. 

La creciente

Ya en la otra margen, se guarecieron en una gruta socavada por el río, al pie de un barranco. Desde ese alero continuaron por un buen rato tirando el anzuelo hasta que notaron que el río comenzaba rápidamente a aumentar su nivel. A poco, cayeron en cuenta -tarde ya- que estaban en presencia de una sorpresiva creciente del Juramento. En pocos minutos el caudal había aumentado varias veces y las aguas, poco antes bajas y tranquilas, ahora corrían velozmente produciendo un ruido ensordecedor. Y mientras el nivel de las aguas subía rápidamente, Lizondo y Roldán estaban cada vez más arrinconados en la cueva y ya nada podían hacer por escapar del lugar.

Al anochecer, la correntada comenzó a inundar el alero de la cueva. Segundo a segundo y centímetro a centímetro, las aguas seguían subiendo. Ante ello, Lizondo y Roldán decidieron inspeccionar el interior de la cueva, descubriendo que el fondo, como a diez metros del alero, estaba más alto. Por ello y como única y última alternativa, decidieron instalarse en el fondo con la esperanza de que la creciente pronto pasaría.

Así fue que Lizondo y Roldán pasaron la noche en vela, en el fondo de la cueva y aterrorizados por si seguía creciendo el nivel del agua. Sufrieron hasta que se hizo de día -domingo 10 de marzo- y pudieron comprobar que el agua estaba a solo un metro de sus pies. 

Es decir que si hubiese levantado unos centímetros más, Lizondo y Roldán quedaban atrapados para siempre en esa trampa mortal.

Un domingo dominado por la angustia 

Ya con la luz del día y con el agua hasta la cintura, Lizondo y Roldan quisieron caminar hasta la boca de la cueva, pero apenas si pudieron asomarse al alero. 

Se conformaron con observar desde allí el nivel de las aguas. Fue cuando constataron con angustia que, pese a las horas pasadas, la correntada conservaba su fuerza y altura. 

Por lo tanto, intentar salir a nado era imposible pues además, Lizondo no sabía nadar. 

El domingo fue angustioso para ambos. La posibilidad de que se inunden era cierta y eso los tenía a mal traer. Pese a todo, en el escaso espacio disponible, se alimentaron con el fiambre y las conservas que, sin pensar, habían llevado hasta el alero. Además, con maderitas y raíces encontradas por ahí, hicieron fuego y cocinaron los pocos pescados que habían sacado la tarde anterior, todo, bajo la luz que les daba la lámpara “Petromax”. Mientras tanto, la noche se les venía encima sin haber logrado aún, escapar del socavón. 

Cuando ya casi era de noche dos lugareños cambiaron la suerte de los entrampados. Al pasar caminando los hombres cerca del campamento, distinguieron las pertenencias que los pescadores habían dejado allí. Creyendo que la correntada se había arrastrado a sus dueños, se acercaron al sitio y entonces notaron que en una cueva del frente, dos personas pedían auxilio. En el acto los lugareños respondieron. Estaban salvados.

La lucha contra las serpientes y el salvataje de la Policía de Salta 

La última noche fue terrible. Con una víbora y dos muertos flotando. 

Los lugareños salvadores eran don Segundo Juárez y su hijo Enrique. Ambos desplegaron una serie de maniobras para intentar rescatar a los pescadores, pero todo fue inútil. 

Y mientras los Juárez lidiaban por ayudar a los encuevados, otro hombre que llegaba caminando de Juramento se acercó para dar una mano. 

Se trataba de Jesús Paredes, quien al acercarse a la orilla del río donde estaban los Juárez, pudo ver, espantado, cómo la correntada arrastraba a los tumbos dos cadáveres. De inmediato, el recién llegado resolvió regresar a Juramento y comunicar a la policía, por intermedio de la radio de la Hostería del Juramento, las dos novedades que acababa de ver: la de los cadáveres llevados por el agua y la de los pescadores atrapados en la cueva del Campamento Montoya. 

Una hora después, y gracias a la diligencia de don Ernesto Delgado, de la hostería, la noticia llegó a la Central de la Policía de Salta, donde se dispuso organizar el salvataje de los pescadores de Metán.

A todo esto, y ya de noche, Lizondo y Roldán seguían viviendo su dramática situación en el interior de la cueva, ahora alentados y acompañados desde la otra banda del río por los Juárez y por Paredes, que al regresar de Juramento contó que la policía ya se estaba ocupando del salvataje.

Pero la noche no fue fácil para los hombre en el fondo de la cueva. De pronto cayeron en cuenta de que no solo debían estar pendientes del nivel del agua, sino también de las serpientes que buscaban un refugio seguro. Así fue que en medio de la noche, Lizondo mató una víbora que resultó ser una yarará. Por fin, el lunes a media mañana llegaron la Policía con Bomberos de Salta, que lograron rescatar a los pescadores. 

Fuente: El Tribuno Salta