Fecha: 2017-12-10 20:38:42


“De eso se trata el humor, de hacer agradable la convivencia y que el trabajo no sea una tortura”


El libro se presentó hoy, en Vaqueros.

De risas incontenibles y amigos leales, de tiempos pasados que -fuera de discusión- fueron mejores. De esta savia se sustancia “Pecando con los recuerdos”, el libro que Fredi Domingo Minola (62) presentó hoy, en Virgen del Valle 100 de Vaqueros. La publicación estaba destinada a acontecer luego de una fecha bien marcada en el calendario: la jubilación de su autor. Fredi, periodista en el diario El Tribuno hace cuatro décadas y, más recientemente, trabajador radial en la AM 840 venía haciendo labor de archivero. Recopilaba materiales desde la época en que Tomás “Tombolito” Mena escribía anécdotas y Fredi las editaba para una página de pesca. También recobró un renovado brillo ante sus ojos la columna “Vida cotidiana”, donde él -más allá del bien y del mal- narraba con desparpajo sucesos “que nadie se atrevía a tocar” ocurridos en el Bajo de villa San Antonio, el pasaje Chiclana y la Boite Americana. Pero también acontecimientos barriales y pasajes de la vida de personajes de Salta. Ese proyecto cobraba forma y pedía para completarse las ilustraciones de Cervando “Yerba” Lucena. Ambos incluso, haciendo uso de esos momentos entre lúdicos y productivos con que se matiza la presión en la jornada periodística, habían hablado en los pasillos de una edición en conjunto. Al morir “Yerba” en febrero de 2014, el propósito de Fredi menguó en su vigor y descansó hasta que la diseñadora Sofía Anessa diagramó el libro. “Luego más amigos se sumaron y se adelantó el parto”, resume Fredi. La obra, de formato pequeño y curioso paratexto, resulta “ideal para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero”. Si escribir un libro significa vivir en él, como definió el poeta rumano Mircea Catarescu, Fredi tuvo además la generosidad de hacer vivir en el suyo la mística de la vieja redacción del diario y el apreciable legado de “Tombolito” y “Yerba”. 

¿Cómo era el viejo diario El Tribuno (el de las risas y los amigos)? ¿Te da nostalgia recordarlo?
 Eran otros tiempos... La tecnología le pone a la vida otras necesidades. Además, el dinero ya no alcanza y la gente corre de un lugar para otro. Por eso no se hace el “tercer tiempo”. Hablo de juntarnos en un cumpleaños, una salida al Club Comercio, al boxeo del Salta Club y otras tantas tentaciones. Ahora vivimos apurados o “cortaos”.

Cuando heredaste la columna de Tombolito, ¿te propusiste inventar una nueva voz y qué temas te pareció correcto publicar allí?

Como los tiempos no son los mismos, muchos chistes de antes ya no hacen reír ni a los chicos. Confieso que trato de estar a tono con lo que circula por las redes sociales y que también muchas veces me zafo. Pero aquí ocurre algo curioso. Cuando quiero hacerme el señorito con los cuentos suena el teléfono y del otro lado los lectores, entre los que se encuentran mujeres, me retan: “Deje de hacerse el serio y siga como antes”. Al lector le gusta el chiste con doble sentido, un aro aro que sea sabroso.

A la luz de la violencia de género, el acoso callejero, los derechos humanos, el principio de no discriminación, ¿de qué nos podemos reír sin perjudicar a nadie?

Para la columna de Tombolito eso me limitó una enormidad. Desde que me acuerdo soy rengo y siempre me cargaron, pero nunca me hice problema. Ahora no se puede escribir chistes como se solía hacer décadas atrás. Antes era común contar un cuento del opa, del tartancho, del rengo, del gangoso, del loco y otro tanto más. Ahora te denuncian. Lo mismo pasa con los derechos de género. Ahora te podés reír de un chiste de “machao”, un apodo que no sea grosero, la metida de cuernos, los robos de los políticos, la inflación, los pescadores mentirosos, la economía... como ese aro aro que dice: “Como el gas se va a las nubes, y yo pagarlo no puedo, solo habrá gas en mi casa, cuando alguien se tire un pedo”.

¿Qué lugar ocupa el humor en tu vida?
Es algo fundamental. Donde me encuentre siempre trato de que las charlas sean amenas largando algún bocadillo para que exploten las ocurrencias. La vida sin humor no sirve. Vivir caracúlico no es lo mío. Por suerte tengo compañeros de trabajo que hacen amenas las jornadas laborales. De eso se trata el humor. De hacer agradable la convivencia y que el trabajo no sea una tortura.

¿Cuál es el valor que tienen para la gente la columna como A la hora del cierre... o la extinta Vida cotidiana?
Tiene un inmenso valor. Es un lugar donde se puede decir lo que nadie se atreve. Somos muy hipócritas, los suburbios existieron siempre, pero resulta que nadie los conoce, da vergüenza. La columna de Tombolito también es social, el teléfono suena constantemente por los cumpleañeros y los aniversarios de casamiento. Las efemérides del Suri Borelli hace lagrimear a más de uno con los recuerdos de hace 50 años. También le dan vida la pesca y las noticias eclesiásticas con los partes de Antonio Fili. La columna es la Biblia y el calefón. Me pasó que personalidades me pidieran que no la cambie.

Ya publicaste el libro. ¿Qué harás cuando te jubiles?
Cuando me jubile quisiera irme al dique Cabra Corral o a algún río, sentarme bajo un árbol frondoso y si corre agua por el lugar, mejor. Una vez que me canse de descansar veré qué puedo hacer. ¡Ah, quiero aprender a tocar el acordeón! Es un sueño de toda la vida. Si logro tocar una zamba, una chacarera, un gato, un escondido, un chamamé y una tarantela, daré la vuelta olímpica.

Fuente: Diario El Tribuno