Fecha: 2017-09-03 10:40:19


La tragedia de Carmencita Puch


Una salteña que murió de amor.

Hace unos días entré a la Catedral Basílica, como habitualmente suelo hacerlo, y se me dio por detenerme en el Panteón de las Glorias del Norte, como quien curiosea un rato y me puse a leer detenidamente todas las placas, quizá como nunca antes lo había hecho. Es sabido que los restos de personalidades como Arenales, Zuviría, Gurruchaga y Alvarado, entre otros, descansan en aquel lugar, además, claro está, los del general Güemes. Pero debajo de la urna del prócer gaucho me llamó la atención otra, también de color blanco en la cual se leía: “Carmen Puch de Güemes”, y pensaba el porqué de que estuviera en ese lugar, destinado a quien yo creía serían en su mayoría soldados o aquellos vinculados estrictamente a la defensa de nuestra tierra ante la embestida de los realistas.

Y por la noche de ese mismo día, me puse a leer e investigar sobre ella. Sobre quien fuera la mujer de nuestro máximo héroe. Y descubrí algo. Descubrí una terrible e increíble historia de amor y muerte que me conmovió.

María del Carmen nació en Los Sauces (Rosario de la Frontera) el 21 de febrero de 1797, hija única de doña Dorotea Velarde y de don Domingo Puch.

Las crónicas de aquella época decían que era poseedora de una belleza incalculable, cabello rubio y de profundos ojos azules, tez blanca y estatura más bien baja y que sobresalía notablemente en la sociedad salteña, al punto que algunos la consideraban como la mujer más bella de entonces y destacándose además por su dulzura y carácter amable.

Pero también de ella se resaltaron sus cualidades morales, a tal punto que el general Rondeau la llamó “Carmen divina” y Juana Manuela Gorriti, quien la conocía mucho, solía decir de ella que “era una mujer maravillosa, con todas las seducciones que puede soñar la más ardiente imaginación”.
Güemes, quien era respetado y codiciado por las mujeres de esa época, rompe la relación que tenía con quien era su prometida -Juana María Saravia- debido a un enfrentamiento con el padre de esta y es entonces cuando sin pasar demasiado tiempo, Magdalena Güemes de Tejada o “Macacha”, como era conocida su hermana, le presenta a la joven a sabiendas de la admiración de ella hacia él.

Muy poco tiempo después, el 10 de Julio de 1815, ella con 18 años decide casarse enamorada de Güemes quien tenía por entonces 30 años. Dos meses después de haber sido nombrado por el Cabildo como Gobernador de Salta (6 de Mayo) y de ser ascendido a teniente coronel por San Martín, contraen matrimonio en la Catedral. Dicha unión, según historiadores, se celebró en toda la ciudad durando varios días.
Pero Carmencita tuvo que hacerse muy fuerte al ser tiempos delicados de guerra y sobrellevar en muchos casos la ausencia de su gaucho amado al tener que partir hacia las batallas. Tuvieron que sortear muchas adversidades, pero aún así concibieron tres hijos varones: Luis, Martín del Milagro (luego fue gobernador de Salta), e Ignacio (a quien Güemes nunca conoció). 

Se vieron además muchas veces casi obligados a cambiar de residencia, ya que el Héroe Gaucho no dejaría nunca la lucha y su familia era un blanco preciado por el enemigo; es por ello que en 1820, Carmencita, a pedido de él, partió, embarazada de siete meses de Ignacio y con otros dos hijos a cuestas hacia la hacienda de su padre, en Horcones, hasta que culminaran los combates. En dicho lugar, esperaba todos los días ansiosa al mensajero que el General le enviaba, casi sin importarle cansancio alguno.

Se decía también que muchas veces él temía no volver a verla.

Por amor, tuvo que aceptar ser la esposa de un guerrero. También se tuvo que sobreponer a la pérdida de su tercer hijo, a solo meses de haber nacido, tal vez afectado por el trajín del viaje, el estrés o el clima de aquellos días. 

Desde este lugar Carmencita escribió a Güemes la única carta que se le conoce: “Sauces, 9 de junio. Mi idolatrado compañero de mi corazón: acabo de recibir tu apreciable en la que me dices que me vaya a La Candelaria, no lo hago con brevedad por esperar alguna noticia de que se mueva el enemigo, por dos bomberos que tengo uno en el camino del río Blanco y el otro en El Carril. Ahora mismo he mandado a don Juan Rodríguez hasta donde está Gorriti a que le diga que en el momento que haya algún movimiento me haga un chasqui.

El principal motivo de no irme es que mi Luis está muy enfermo con la garganta llena de fuegos y con unas calenturas que vuela, hoy me he pasado llorando todo el día de verlo tan malito. Ahora se me ha mejorado con una toma de magnesia. Lo ha hecho vomitar y evacuar mucho, aunque ha quedado muy caidito pero se le ha minorado la calentura. No creas que estas sean disculpas por no irme, pregúntale a mi tío como está mi Luis; no tengas cuidado de mí, estoy con seguridad”.

Y sobre el final, ella escribe: “Mi vida, mi cielo, mi amor, por Dios cuídate mucho y no vas a estar descuidado... Y el corazón más fino de tu afligida compañera que con ansias desea verte. Tu Carmen”.
Solamente seis años duró la unión y la historia de amor entre ellos. Y más allá de todas las adversidades siempre se mantuvieron juntos a pesar de todo. Él, con el corazón firme en defender a la patria y en brindar amor a su esposa, y ella, con la angustia de no tenerlo cerca y con la increíble entereza para cuidar a sus hijos.

Cuando se apagó su luz

Un 17 de junio de 1821, ocurrió lo que Carmencita nunca hubiera querido. Bajo una higuera, a lo lejos, se apagaba la luz de quien tanto amaba: don Martín Miguel de Güemes.

Nadie tuvo el valor suficiente para llevarle a su esposa la noticia, aunque luego se enteró del motivo de la llegada de Gorriti a la hacienda y cayó en una depresión tan profunda que la llevaría al encuentro de su esposo. Ni el amor de sus pequeños hijos pudo detener tanto sufrimiento.

Se cortó el cabello, ya que decía que no quería que nadie más se lo viera como tanto le gustaba a Güemes y se encerró en su habitación para dejarse morir. Ni siquiera pudo despedirlo, darle el último beso ni decirle cuánto lo amaba.
Juana Manuela Gorriti escribe más tarde también que el dolor de Carmencita fue tan extremo que buscó la muerte desde el momento mismo de enterarse la noticia, diciendo que no quería vivir más sin su Martín. Carmencita, tras nueve meses de mucha tristeza y con 25 años, fue al encuentro de su amado un 3 de abril de 1822. Y murió de amor así como él murió por amor a la patria.

En el 2007, el gobernador de Salta por ese entonces, Juan Carlos Romero, promulgó una ley para que la urna con los restos de Carmencita fueran depositados en el Panteón de las Glorias del Norte, donde hoy en día permanecen.

Luego de unos días, volví a la Catedral y encaré hacia aquel lugar de nuevo y posando la mirada sobre la urna de Carmencita imaginaba todo lo que vivió en aquellos años y entendí el porqué se encontraban allí sus restos, descansando merecidamente junto a su amado y valiente general.

Fuente: Diario El Tribuno