Fecha: 2017-06-17 10:21:35


Muerte y sepultura del general don Martín Miguel de Güemes


Hoy, en el 196º aniversario de la muerte del Héroe Gaucho, recordamos aquellas aciagas circunstancias.

Calificados testigos narraron hace tiempo la muerte del general Martín Miguel de Güemes, ocurrida hace 196 años a la sombra de un cebil. Ellos fueron don Miguel Otero y el coronel Jorge Enrique Widt. 

Como afirmara don Atilio Cornejo, sus respectivos relatos, “calificados y concordantes, arrojan completa luz respecto a la forma en que Güemes recibió la herida que ocasionó su muerte acaecida el 17 de junio de 1821. Ambos sirven para desechar las versiones que en aquella ocasión echaron a rodar sus enemigos de Salta, con el fin de desprestigiar su heroica trayectoria”.

Así, don Miguel Otero cuenta en un informe del 25 de septiembre de 1873, “Güemes, por su mismo valor, vino a morir del modo más inesperado. Las tropas del Rey le tomaron las dos bocacalles por donde podía salir. Se dirigió (Güemes) a una de ellas y al darle el “quien vive!” conoció que eran tropas del Rey. Se dirigió a la otra (bocacalle) y le dijeron también “quien vive!”. Entonces contestó “La Patria!”, desenvainó el sable, metiendo espuelas a su caballo, saltó por encima de las dos hileras de soldados, con fusil y bayoneta, llevándose de encuentro a los que estaban por delante.

Le hicieron una descarga cerrada, sin que le tocase una bala, como si respetaran su valor; cuando iba ya a salvo, a distancia de una o dos cuadras, hicieron otra descarga, sin puntería porque era de noche y una bala perdida le atravesó el tronco del cuerpo, causándole una herida mortal que a los pocos días le dio la muerte. De esta manera perdió Güemes la vida en defensa de la causa nacional”.
 
La carta de Widt

El otro testimonio de sobre la muerte de Güemes, es la carta que el coronel Jorge Enrique Widt le envía desde París al general Domingo Puch. La misiva, escrita en francés y traducida al español dice: “Nosotros estábamos acampando a una legua, más o menos de Salta, organizando las fuerzas de la provincia para marchar al encuentro del enemigo, cuando el General Güemes tuvo la fatal idea de ir, durante la noche, escoltado, por algunos hombres de caballería de la ciudad, a objeto de tomar allí personalmente algunas disposiciones. Había echado a tierra cuando a media noche la infantería española, desembocando por una quebrada, entró a Salta, cubriendo inmediatamente todas las salidas y no dando tiempo al general Güemes sino a montar a caballo para atravesar dos pelotones de infantería que ocupaban las bocacalles, pasó sobre el cuerpo de infantes, pero recibió un balazo que algunos días después le llevó a la tumba”.

Sepultura

Luego de su muerte, los restos de Güemes fueron conducidos a la capilla del Chamical, donde fueron sepultados el 18 de junio de 1821. Dos años después, el gobernador José Ignacio Gorriti, convocó a sus amigos para rendir honores al ilustre difunto. Ese día, acompañado por las autoridades, Gorriti salió rumbo al Chamical, de donde trajo a Salta los restos de Güemes para inhumarlos en la vieja Catedral (Iglesia de los Jesuitas). 

En el lecho de muerte 

Herido de gravedad y sin caer del caballo, Güemes con Yanzi, Mollinedo, Moreira, Rivadeneira, Margallo, Gallinato y Panana marcha al galope abrazado al pescuezo de su caballo. Costea la falda del San Bernardo y al alba llega a La Quesera. En un ranchito es ayudado pero sigue su marcha hasta que se interna con sus gauchos en el bosque, hasta donde es llevado por auxilio médico, el doctor Castellanos. En el lecho entrega el mando al coronel Widt; habla con sus camaradas, y hasta recibe de Olañeta ofertas que rechaza. Su herida es fatal y el 17 de junio expira, no sin antes hacer jurar al Widt continuar la lucha hasta el final.

La sorpresa dada por el Barbarucho 

Valdéz solo pudo ingresar a Salta por la ayuda que recibió de los enemigos de Güemes. 

Según lo narrado por Miguel Otero y Jorge Enrique Widt, aquella noche del 7 de junio de 1821, Güemes fue sorprendido por una maniobra hábilmente ejecutada por los españoles en complicidad con los enemigos que el gobernador tenía aquí. 

Olañeta, que estaba en la frontera con el Alto Perú, desandó distancia hasta cerca de la ciudad de Jujuy. Allí aparentó levantar campamento rumbo a Oruro al tiempo que disimuladamente despachaba hacia Salta una división de aproximadamente 600 infantes a las órdenes del coronel José María Valdéz, (a) el Barbarucho. Este ingresó luego al Valle de Lerma por la abrupta quebrada de Los Yacones, para deslizarse, ya de noche y sin caballo, hasta la ciudad de Salta, manteniendo absoluto silencio para que nadie lo notara, salvo sus cómplices locales. 

Indudablemente que para ese cometido, Valdés contó con el aporte y la ayuda de “comedidos” pues de lo contrario no podría haber ingresado a la ciudad tal como lo hizo y dar la sorpresa que dio. 

Según se pudo saber, Valdéz o el Barbarucho, hizo el siguiente itinerario: descendido por la quebrada de Purmamarca, costeó la falda oriental de la serranía de la Tres Cruces y del Chañi, pasó por el Cerro Negro y el de las Nieves de Los Yacones, hasta que al amanecer del 7 de junio de 1821, se emboscó en la quebrada de Lesser donde permaneció todo el día. 

Los testimonios de Castellanos y Yanzi

Estas dos narraciones desvirtuaron las maliciosas versiones locales.

“¿Quiénes fueron los comedidos? 
¿Quiénes eran los propietarios de los fundos por donde pasó el Barbarucho Valdéz? 
¿A quiénes pertenecían las fincas próximas a las quebradas de Incahuasi o de Lesser? No cuesta mucho averiguarlo”, pregunta don Atilio Cornejo, quien además cuenta esta historia: “Un adversario de Güemes, residente en Tucumán, escribía a otro de Córdoba (junio 21 de 1821) informándole que el día antes había arribado a Tucumán el cirujano Castellanos con la noticia de la muerte de Güemes, agregando que Castellanos afirmaba “haber sido él mismo el que asistió en la curación de la herida que recibió de un balazo en la asentaderas al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos con el favor de los comandantes Zerda, Zavala y Benítez que se pasaron al enemigo en odio a Güemes y porque Olañeta desea tratar con cualquier jefe que no fuese Güemes para reconciliarse con la Patria”. (La Gazeta de Buenos Aires, julio 19 de 1821). 

En consecuencia -continúa Cornejo- que no fue de Pedro Antonio Olañeta ni del “Barbarucho” José María Valdéz, el plan de sorpresa al gobernador Güemes, es un hecho histórico indiscutido, apoyado por la tradición.

Otro calificado testigo 

Según lo recopilado por don Atilio Cornejo, un actor de los sucesos habla con toda claridad de esta forma: “Una sorpresa que a juicio del revolucionario autor de la asonada fracasa a su término a las puertas de Salta, podría ser absolutamente próspera si se empleaba con rapidez y reserva la marcha con que era posible llevarse a término, fue para Olañeta un propósito de desecharse y aceptado los comedimientos del traidor revolucionario confió al coronel Valdéz, la ejecución de la sorpresa” (Yanzi). 

Fuente: Diario El Tribuno