Fecha: 2018-10-21 04:56:04


Detrás de las Paredes

Un tano fue el primer reo que se evadió de una cárcel de Salta


Las crónicas policiales, a nivel mundial, están plagadas de casos de fugas de presos de distintos presidios.

En los anales de la historia, la más famosa evasión ocurrió el 11 de junio de 1962 cuando los hermanos Clarence y John Anglin y Frank Morris escaparon por el mar de la prisión federal de máxima seguridad en la Isla de Alcatraz, en Estados Unidos. Se trató de un episodio de película y como tal la historia fue llevada con éxito al cine, siendo el afamado actor estadounidense Clint Eastwood el principal protagonista.

Según el periodista y reconocido historiador salteño Roberto Gerardo Vitry, el que inauguró las evasiones en las cárceles de Salta, en el Siglo XX, fue un tano llamado Vicente Rotunno. En su libro “Salta Añeja”, el gran maestro relata que la fuga del italiano no tuvo el “éxito” de los intrépidos reos de Alcatraz, con el agravante de que el caso tuvo el efecto “doble retorno”. Ocurrió que para huir del penal, oculto en un cesto, el interno utilizó y estafó al carrero Pastrana y el pobre hombre terminó preso al haberse dejado tentar por una falsa promesa de pago.

Rotunno, nacido en Potenza, Italia, había llegado a Buenos Aires en 1895, donde al poco tiempo se casó con una atractiva joven rioplatense. El matrimonio fue fugaz y para oxigenarse el joven se trasladó a Salta con la idea de buscar nuevos horizontes. 

Mientras imploraba por trabajo, con su media lengua, conoció a tres muchachos que vivían en los barrios periféricos de la ciudad. Ellos también estaban desocupados, pero sus objetivos no estaban orientados en obtener el pan con el sudor de la frente. Para ganarse la confianza del forastero, los “amigos” lo invitaron a la festividad del Cristo de Sumalao y como se sentía un buen cristiano aceptó encantado. 

Cuando regresaban de la fiesta le comentaron que tenían un plan para hacerse rico sin necesidad de deslomarse trabajando. Se trataba del robo a una anciana viuda que vivía sola y, según los comentarios, estaba forrada en dinero, joyas y otros bienes. Los secuaces pensaron que el tano sería un buen aliado y aprovecharon su mishiadura para engancharlo como partícipe del gran golpe. 

En realidad, la idea de los maleantes no era darle una mano al joven italiano, sino utilizarlo como “carnada” para achacarle todas las culpas en caso de que la Policía esclareciera el hecho y ellos cayeran en la “volteada”. Al tano le explicaron que el objetivo era solo robarle a la viejita, pero cuando irrumpieron en la propiedad ubicada en la calle La Florida otra fue la historia. 

La anciana se resistió y para evitar que los vecinos escucharan los gritos de auxilio, uno de los asaltantes le tapó la boca con un pañuelo, otro la acogotó y la pobre señora murió por asfixia. Cuando el caso se descubrió Rotunno declaró que no intervino en el homicidio, que él observó la terrible escena desde la puerta de la habitación y que le dieron unos pocos pesos. Dijo la verdad porque, efectivamente, así fueron las cosas. Sin embargo los que planificaron el atraco y asesinaron a la mujer acusaron al gringo de ser el autor material del homicidio. Tal como lo habían maquinado, con este argumento, lograron mitigar sus culpas y el extranjero terminó condenado a la pena de reclusión perpetua.

El tano fue recluido en la unidad carcelaria que en aquel tiempo funcionaba en lo que hoy es la Jefatura de Policía. Tenía 24 años y sabía que terminaría sus días en la cárcel. En aquellos años la pena a perpetua se cumplía a rajatabla. No existía el 2X1, las salidas transitorias, las libertades vigiladas, las prisiones domiciliarias por razones de edad o salud, los botones electrónicos y otros beneficios del que gozan los presidiarios de estos tiempos, cualquiera sea el delito que hayan cometido. Hoy, las leyes son tan generosas que hasta los genocidas aprovechan la coyuntura para colgarse del “moderno sistema”.

Para que se pudiera ganar unos pesos a Rotunno lo destinaron al sector de talabartería y zapatería. Desde allí comenzó a elaborar un plan de fuga. El carrero Pancracio Pastrana, que todos los días llegaba al taller para retirar los productos que fabricaban los presos, se convirtió en su única esperanza de quebrantar la condena. Con lo que había ahorrado pensaba regresar a su tierra y terminar con su aventura de inmigrante caído en desgracia.

Rotunno había advertido que los guardias no revisaban la carga cuando Pastrana se retiraba del penal por el portón de la calle Santiago del Estero. Fue así que ofreció al carrero la suma de 500 pesos para que lo sacara camuflado en una canasta de mimbre donde se acondicionaban los productos. 

La oferta era demasiada tentadora y don Pastrana no lo pensó dos veces. Así fue cómo un día se ejecutó el plan y todo salió a pedir de boca. Pero ya afuera, con la misión cumplida, el carrero abrió el paquete que le entregó Rotunno y se encontró con la desagradable noticia de que en el envoltorio solo había 30 pesos. Para ese momento el reo ya había desaparecido con rumbo desconocido.

La Policía no tuvo que investigar demasiado para descubrir cómo se había producido la evasión y quién lo ayudó. Los pesquisas fueron directo a la casa de Pastrana, quien soltó todo el rollo antes de que lo pusieran en aprieto. Dos días después recapturaron al fugitivo. 

Cuando Rotunno regresó al penal se encontró con otro inquilino conocido suyo y recién llegado: Pancracio Pastrana. “El doble retorno se había cumplido”, concluye Vitry en su relato citando como fuente a El Cívico, un diario de la Salta de antaño.

Fuente: El Tribuno Salta